jueves, 15 de febrero de 2018

Gerardo Rivas Moreno


El pasado 26 de enero, el escritor Umberto Valverde informó en su columna del diario Occidente que acababa de morir Gerardo Rivas Moreno. “Gerardo Rivas Moreno acaba de fallecer y no es justo que su nombre quede en el olvido”.
Cuando preparaba alguna otra edición importante, de un infarto Gerardo debió morir en Cali el 25 de enero.
Rivas Moreno, como lo dice Umberto, no merece el olvido y, para comenzar, alguien debiera escribir una gran crónica sobre vida y otra. En el 2015, Antonio Morales, en su programa de Canal Capital, “El primer café recargado”, le hizo una excelente entrevista que podría servir de base. 
Conocí a Gerardo muchos años después del libro que lo haría legendario (sin que él lo sospechara, como suele suceder con las cosas del arte y la cultura), la antología que tituló, sencillamente, Cuentistas colombianos, con moderna portada de Trejos para ese año 1966, cuando algunos de nosotros -los de provincia- ni siquiera habíamos llegado a Bogotá.
Y fueron pocas las veces que nos vimos. Su vida siempre tuvo algo de clandestinidad -así lo recuerdo-, aunque su obra editorial fuera de las más conocidas en el país. Yo diría, desde ese ángulo, que Gerardo fue el Benjamín Villegas de la otra orilla. Sólo que Gerardo solía encerrarse por meses a preparar sus ediciones (las de Simón Bolívar, Federico García Lorca, José María Cordovez Moure, Juan de Castellanos y tantas otras que lo dejaban a uno perplejo, porque fueron señoras ediciones).
Siempre sonreía, como si la dureza del oficio no lo afectara. Y, también, se lamentaba de la pobreza de propósitos culturales de nuestros gobiernos (que le deben, por cierto, a Gerardo el reconocimiento por tanto rescate literario como él hizo). Para que le rindiera el tiempo -porque él investigaba, cotejaba, escribía, editaba y comercializaba con su morral de libros- siempre andaba corriendo.
Pero el golpe de suerte -llamémoslo así- para Gerardo fue su libro de cuentos colombianos, reunidos con el ánimo de ser una antología, así no lo dijera la portada. Habría que reproducir su prólogo para entenderlo. Salió a la calle bajo el sello de Ediciones El Estudiante. Y fue punta de lanza para quienes creíamos en la existencia de una literatura colombiana, polémica que hoy se ha superado apenas parcialmente. Incluía 16 cuentos, desde Bonilla Naar, Clemente Airó, Zapata Olivella, Arnoldo Palacios, Eutiquio Leal, Eduardo Santa, Tirso Castrillón, Antonio Montaña, Gonzalo Arango, Soto Aparicio, hasta Alberto Duque López, Germán Espinosa, Óscar Collazos, Fanny Buitrago, Umberto Valverde y Roberto Burgos Cantor.
Frente a la antología del cuento colombiano de Eduardo Pachón Padilla, la de Gerardo fue de un atrevimiento inusual. Incluyó a varios jóvenes, dos de ellos (los dos últimos) aún no bachilleres, autores todos que, años más tarde, se integrarían a la bibliografía de la gran narrativa colombiana. Esa antología, Cuentistas colombianos, pronto se convirtió en legendaria. Y con ella, sin saberlo, Gerardo comenzó su carrera de estudioso, divulgador y gran editor de la literatura colombiana. Dice Efer Arocha que en enero trabajaba en otra antología marginal del cuento colombiano. Pero Gerardo no alcanzó a cerrarla. Ya lo dijimos, murió el 25 de enero. Se fue de afán, como diríamos en Colombia. Como había vivido. Y nos dejó su testimonio a favor de la literatura colombiana.

sábado, 3 de febrero de 2018

Alrededor de Kazuo Ishiguro

Sigo pensando en Kazuo Ishiguro. Se dicen muchas cosas a su alrededor.
No es cierto que Ishiguro no figurara en los listados de los “nobelables”. No punteaba como los que siempre pierden en Suecia (para quienes insisten cada año en postularlo, creo que a Murakami nunca le darán el premio). Kazuo Ishiguro (Ish, como le dice su primer editor en español, Jorge Herralde), figuraba entre los candidatos al Nobel, como sucede con la mayoría de los ganadores del Man Booker Prize del Reino Unido, que él había ganado, en 1989, con la novela del mayordomo (como le decimos los lectores), Los restos del día.
El 5 de octubre de 2017, la Academia Sueca se decidió por Kazuo Ishiguro (nació en Nagazaki el 8 de noviembre de 1954), un escritor que había llegado a Inglaterra a los cinco años, donde su padre trabajaba como oceanógrafo.
Su historial, resumido: Estudió filosofía y literatura inglesa en la Universidad de Kent, a un kilómetro largo del pueblo de Canterbury, donde Geoffrey Chaucer escribió sus famosos cuentos. Luego estudió creación literaria en la Universidad de East Anglia (donde estudió, también, Ian McEwan), en la ciudad de Norwich, al oriente de Inglaterra, donde tuvo como profesores distinguidos a los novelistas y profesores Malcolm Bradbury (1932-2000) y Ángela Carter (1940-1992). Ishiguro, gran aficionado a la música, toca guitarra, compone, admira a Bob Dylan, no le gusta el Brexit, admira a Charlotte Brontë, hizo parte de la lista de jóvenes promesas de la revista Granta, se hizo británico en 1982, desde 1988 lo viene publicando Anagrama en español (gracias a Jorge Herralde, su patrocinador), con Julian Barnes, Martin Amis y Mc Ewan conforman el llamado British Dream Team, ya varias novelas suyas pasaron al cine, sólo tiene un libro de cuentos, Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo, Lorna, su esposa, no es ciencia ficción, viene de Escocia, antes del Nobel 2017, The Times lo puso entre los 50 mejores escritores británicos desde 1945.

Ishiguro huele a clásico en su prosa. Ha resultado un clásico fresco, rejuvenecido. Tiene su misterio. Y siempre busca sorprender el oído del lector.